
El país que no sabía votar
Han pasado ya las elecciones intermedias con más pena que gloria y la partidocracia reacomodó sus reales -como acordado- en beneficio del proyecto neoliberal. Ha transcurrido un siglo desde que
Perfidio Díaz declaró que los mexicanos estábamos listos para la democracia y los mexicanos -cien años después- seguimos sin saber votar.
¿La novedad? El folclor. Un entusiasta grupo de lóbregos blogeros, líderes de opinión y
clasemierderos decidieron que era momento de mostrar su descontento cívico ante la “insensibilidad e ineptitud” de los políticos nacionales (perdónalos,
Tomás Mojarro, no saben lo que ladran) y alimentaron desde sus revolucionarias trincheras -es decir, desde el confort de sus blogs- la peregrina idea del voto nulo, o el voto blanco, o el voto a los mil demonios, que para el caso es lo mismo.
Yo escucho sus deshilvanadas ideas, descubro -con sorpresa, con tristeza y con horror- que el movimiento va tomando vuelo y acudo a las urnas el 6 de julio a votar por el
Frente Amplio Progresista en la delegación política que aún me corresponde: Iztapalapa.
El valor del voto
Soy un detractor convencido del papel del
IFE, del
TRIFE, la partidocracia y la telecracia. Tengo por cierto que la clase política y empresarial mexicanas son contrarias a los intereses de las mayorías demográficas. Sé que nuestro voto (el más caro y barato de América Latina) puede ser ignorado o manipulado a capricho del sistema de poder. He vivido dos fraudes electorales en mi vida de mediano kilometraje y, sin embargo, ¿porqué doy valor al voto?
En principio, porque el sistema político-social mexicano (nos guste o no) ya está instalado ahí afuera, con sus raíces bien hundidas en el subsuelo de nuestra patógena cultura nacional y con sus estructuras y procedimientos andando como Pedro por su casa. No hay día que despertemos y el dinosaurio no siga estando ahí. Pero ignorar o criticar sistemáticamente ese enorme aparato de corrupción del cual formamos parte no es la solución, necesitamos transformarlo, y más aún, necesitamos transformarnos para transformarlo (esta es la esencia de mi pensamiento y es ahí donde pinto mi raya con aquellos que pugnan por el cambio gratuito, instantáneo y a la carta).
Mientras no construyamos formas alternas de organización social, esto es lo que hay. Y en ese sentido la democracia electoral mexicana (o democracia electorera, como bien señala Mojarro) podría ser de enorme utilidad si se empleara correctamente en tanto (aclaro) no exista otro mecanismo efectivo de selección y elección de gobernantes.
A pesar de jueces corruptos, fraudes cibernéticos, caídas del sistema y empresarios y clérigos golpistas, el voto en México tiene un valor potencial y latente que no ha sido aprovechado a favor nuestro por una serie de errores que son producto de nuestro analfabetismo funcional político (no sabemos votar, sencillamente), y la muestra más reciente de ese cretinismo es -justamente- el voto blanco.
Para quien dude del valor real del voto, baste recordar que medio punto porcentual (encima fraudulento) fue suficiente para militarizar al país y retroceder casi 40 años en materia de derechos humanos (a los días de las desapariciones forzadas), para rebajarlo a niveles de ingobernabilidad como no se había visto desde hace casi un siglo, para encaramar a un gabinete de espantapájaros comandados por un político sin tablas que se mantiene alcoholizado; para comprar y terminar de prostituir al partido de izquierda institucional (mucho trabajo no les costó) y orillar al país a dos crisis de antología: la económica y la sanitaria.
Y sobre todo: muertos. Mexicanos muertos por acción directa del gobierno o por omisión. Eso es lo que ha dejado un mal ejercicio del voto desde los oscuros días del salinato hasta el oscuro día de hoy.
La insoportable veleidad del ser
No me incomoda en absoluto que la gente piense distinto, que busque alternativas ideológicas a un sistema cultural dominante al que -es evidente- le esta haciendo agua la canoa. Si esas nuevas ideas no son correctas ¿qué mas da? Siempre y cuando se aprenda de los errores, es harto saludable cometerlos.
Lo que me irrita de este movimiento en particular es su cretinismo: su altanería atorrante, sus aires de grandeza. Impermeables a la crítica y herméticamente sellados ante la autocrítica, sus postulantes prefieren dirigir sus esfuerzos a hacer politiquería barata (política ficción, diría
Salinas) a entrar en una discusión y acción de fondo.
El hecho de que antes, durante y después de la coyuntura que los hizo brotar cual hongos venenosos -cuando fue evidente la mediocridad de su movimiento-, se mantengan en esa actitud incólume de superioridad moral, inflando con aire caliente sus delirantes expectativas de cambio social, habla mucho de su incapacidad de entender la realidad nacional y de su urgencia por desmarcarse de sus pares (no soy un animal ¡soy un anulista!).
Porque, en resumen, el movimiento espontáneo del voto blanco es sólo una artimaña más de cierta clase media mexicana para mantener sus privilegios a través de símbolos ideológicos. En este sentido, el voto blanco no es más que un gadget, un café del Starbucks, un iPhone intelectual que los distingue lo mismo de los nacos del
Frente Amplio Progresista que de
Prinosaurios y
Panistas (en quienes tanta esperanza tenían) que nomás roban pero no reparten.
Así, hurtando ideas ajenas y metiéndolas a chingadazos en un cuestionable catálogo de agravios y buenas intenciones (¡ya deja de citar a Mojarro!), estos ofendidos señoritos retaron al sistema de poder, antes de que este les pasara por encima y agradeciera los votos efectivos que le regalaron el día de la elección.
Inteligente manera de validar al
PRIAN sin cargo de conciencia encontraron estos revolucionarios de internet.
En la cresta de la efímera ola,
Sergio Aguayo se atrevió a publicar una columna sugiriendo a sus símiles llenar la papeleta con una frase que hiriera los cimientos del sistema, por ejemplo: “Esperanza marchita”. Y todavía después de que la misma ola aterrizó de jeta contra la playa, el domingo 12 de julio,
Soledad Loaeza (quien llama “anulistos” a los perpetradores del voto nulo) escribió:
Contrariamente a los críticos del voto nulo que insistían en que no decía nada quien elegía esa opción, creo que la furia que alcanzaron a provocar los anulistos tiene que ver precisamente con el mensaje que enviaban, pues era bien claro. En este tiempo de canallas y de creciente cinismo de una clase política dizque plural, la anulación del voto fue una sanción de índole moral que pintó una raya. Fue un Hasta aquí a los atropellos que han venido cometiendo los miembros de la partidocracia, uno de cuyos grandes pecados ha sido desvirtuar el principio de representación, y convertir el voto en una complicidad entre el elector y ellos mismos. Los anulistos les marcaron el alto con un sonoro No.
(¡¿What?!)
Pues ya puede ver esta brillante académica para lo que sirve su “hasta aquí a los atropellos” y puede guardar su sanción de índole moral y su sonoro NO para el siguiente capítulo electorero de la tragicomedia mexicana.
De noche todos los gatos son anulistas
Es una pena que, aunque existen algunos respetables ciudadanos que vienen ejerciendo el voto nulo desde hace varios sexenios, la idea haya sido desvirtuada y envilecida por estos incendiarios del blog. Porque mientras los primeros lo hacen con plena conciencia política, por una convicción íntima y sobre todo con coherencia ideológica, éstos últimos lo hacen hacia afuera, para alzar el cuello y -a punta de gritos, posts y artículos de fondillo- distinguirse del electorado.
El electorado: esos cómplices de la partidocracia, como sugiere doña Soledad Loaeza, quien con esta inmejorable maniobra intelectual vuelve cómplices a los votantes
per se y no a aquellos que por obra u omisión dejaron entrar y enquistarse en la administración pública a los neoliberales, empezando por Salinas, siguiendo por
Zedillo,
Fox,
Calderón y acabando por
Peña Nieto (según el pronóstico del clima).
Triste destino el de aquellos que por “patria” entienden una dirección de internet, y a su vanidad de clase le llaman conciencia política.
Triste destino el del país que no sabe votar…
(¡y lo que falta!)