miércoles, noviembre 11, 2009

Encuentro de edición gráfica independiente

A lo largo de esta semana se llevará a cabo (ya se está llevando a cabo) el encuentro de edición gráfica independiente Historietas 3.0 en el Centro Cultural España.
El planteamiento y desarrollo de este encuentro -sorprendentemente inédito en nuestro rancho electrónico- se debe a los buenos oficios de Daniel Fernández, un desprejuiciado y vigoroso gestor cultural de los que no abundan en nuestra rubicunda burocracia institucional.

El tema es que el día de hoy me toca turno -en unas horas más, de hecho- inmoderando una mesa redonda en la que participarán José Antonio Serrano, Augusto Mora y Bachan; y el próximo viernes, en una amena charla con Paco Roca y Bef, ambas a las 19:30 horas.

Cambiando de tema, debo explicar que mi ausencia de este alicaído pero estoico blog se debe al terrible fin de año con el que me toca lidiar.
Han quedado para última hora un montón de cabos sueltos (sobre todo en el plano laboral) que no tengo más remedio que resolver como el hombre de maíz transgénico que soy.

Yo se que ver y oir a un triste enfada cuando se viene y va de la alegría, pero ya volveré con nuevas y espectaculares actualizaciones o nuevas y espectaculares excusas.

Un abrazo
JQ


Breve galería de noviembre del 2009

Algunas ilustraciones, todas ellas publicadas en la revista Life & Style.









jueves, agosto 27, 2009

Dos charlas

La primera en unas horas más junto con el camarada BEF en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, y la segunda charla el sábado próximo en la Universidad del Claustro de Sor Juana, en una serie de conferencias que prometen ser interesantes para los clavadazos en el tema.

Un saludo cordial
JQ




El programa




Tinta digital

Esta es una muestra de mi primer entintado por computadora sobre bocetos (también digitales) de Miguel Galindo.
Del proyecto, sólo se que es un cómic de 12 páginas para algún evento altruista contra el cáncer o algo por el estilo. El color de la portada también es de Miguel.




jueves, agosto 13, 2009

De amor carnicero

Ensayo celebrado hace 11 años en el lugar de nuestros grandes éxitos: la sala del Frik. La banda se llamaba Garra de Mono y estaba formada por:

Quintero - Guitarra y voz
Hugo Peláez - Guitarra solista y coros
Iván Proaño - Bajo y coros
Frik - Batería y coros

Las letras (?) y la música (?) eran de mi autoría y los arreglos, colectivos.
Esta rola salvajemente grupera se llama De amor carnicero, y puedo asegurarles que suena así...

sábado, agosto 08, 2009

Luna

Esta es mi colaboración para la Agenda de la Luna de Editorial Resistencia, en versión wallpaper -con y sin verso- para los asiduos a este noble blog.




jueves, agosto 06, 2009

Breve galería de agosto del 2009









La insoportable levedad del voto blanco I




El país que no sabía votar

Han pasado ya las elecciones intermedias con más pena que gloria y la partidocracia reacomodó sus reales -como acordado- en beneficio del proyecto neoliberal. Ha transcurrido un siglo desde que Perfidio Díaz declaró que los mexicanos estábamos listos para la democracia y los mexicanos -cien años después- seguimos sin saber votar.

¿La novedad? El folclor. Un entusiasta grupo de lóbregos blogeros, líderes de opinión y clasemierderos decidieron que era momento de mostrar su descontento cívico ante la “insensibilidad e ineptitud” de los políticos nacionales (perdónalos, Tomás Mojarro, no saben lo que ladran) y alimentaron desde sus revolucionarias trincheras -es decir, desde el confort de sus blogs- la peregrina idea del voto nulo, o el voto blanco, o el voto a los mil demonios, que para el caso es lo mismo.

Yo escucho sus deshilvanadas ideas, descubro -con sorpresa, con tristeza y con horror- que el movimiento va tomando vuelo y acudo a las urnas el 6 de julio a votar por el Frente Amplio Progresista en la delegación política que aún me corresponde: Iztapalapa.


El valor del voto

Soy un detractor convencido del papel del IFE, del TRIFE, la partidocracia y la telecracia. Tengo por cierto que la clase política y empresarial mexicanas son contrarias a los intereses de las mayorías demográficas. Sé que nuestro voto (el más caro y barato de América Latina) puede ser ignorado o manipulado a capricho del sistema de poder. He vivido dos fraudes electorales en mi vida de mediano kilometraje y, sin embargo, ¿porqué doy valor al voto?

En principio, porque el sistema político-social mexicano (nos guste o no) ya está instalado ahí afuera, con sus raíces bien hundidas en el subsuelo de nuestra patógena cultura nacional y con sus estructuras y procedimientos andando como Pedro por su casa. No hay día que despertemos y el dinosaurio no siga estando ahí. Pero ignorar o criticar sistemáticamente ese enorme aparato de corrupción del cual formamos parte no es la solución, necesitamos transformarlo, y más aún, necesitamos transformarnos para transformarlo (esta es la esencia de mi pensamiento y es ahí donde pinto mi raya con aquellos que pugnan por el cambio gratuito, instantáneo y a la carta).

Mientras no construyamos formas alternas de organización social, esto es lo que hay. Y en ese sentido la democracia electoral mexicana (o democracia electorera, como bien señala Mojarro) podría ser de enorme utilidad si se empleara correctamente en tanto (aclaro) no exista otro mecanismo efectivo de selección y elección de gobernantes.

A pesar de jueces corruptos, fraudes cibernéticos, caídas del sistema y empresarios y clérigos golpistas, el voto en México tiene un valor potencial y latente que no ha sido aprovechado a favor nuestro por una serie de errores que son producto de nuestro analfabetismo funcional político (no sabemos votar, sencillamente), y la muestra más reciente de ese cretinismo es -justamente- el voto blanco.

Para quien dude del valor real del voto, baste recordar que medio punto porcentual (encima fraudulento) fue suficiente para militarizar al país y retroceder casi 40 años en materia de derechos humanos (a los días de las desapariciones forzadas), para rebajarlo a niveles de ingobernabilidad como no se había visto desde hace casi un siglo, para encaramar a un gabinete de espantapájaros comandados por un político sin tablas que se mantiene alcoholizado; para comprar y terminar de prostituir al partido de izquierda institucional (mucho trabajo no les costó) y orillar al país a dos crisis de antología: la económica y la sanitaria.

Y sobre todo: muertos. Mexicanos muertos por acción directa del gobierno o por omisión. Eso es lo que ha dejado un mal ejercicio del voto desde los oscuros días del salinato hasta el oscuro día de hoy.


La insoportable veleidad del ser

No me incomoda en absoluto que la gente piense distinto, que busque alternativas ideológicas a un sistema cultural dominante al que -es evidente- le esta haciendo agua la canoa. Si esas nuevas ideas no son correctas ¿qué mas da? Siempre y cuando se aprenda de los errores, es harto saludable cometerlos.

Lo que me irrita de este movimiento en particular es su cretinismo: su altanería atorrante, sus aires de grandeza. Impermeables a la crítica y herméticamente sellados ante la autocrítica, sus postulantes prefieren dirigir sus esfuerzos a hacer politiquería barata (política ficción, diría Salinas) a entrar en una discusión y acción de fondo.

El hecho de que antes, durante y después de la coyuntura que los hizo brotar cual hongos venenosos -cuando fue evidente la mediocridad de su movimiento-, se mantengan en esa actitud incólume de superioridad moral, inflando con aire caliente sus delirantes expectativas de cambio social, habla mucho de su incapacidad de entender la realidad nacional y de su urgencia por desmarcarse de sus pares (no soy un animal ¡soy un anulista!).

Porque, en resumen, el movimiento espontáneo del voto blanco es sólo una artimaña más de cierta clase media mexicana para mantener sus privilegios a través de símbolos ideológicos. En este sentido, el voto blanco no es más que un gadget, un café del Starbucks, un iPhone intelectual que los distingue lo mismo de los nacos del Frente Amplio Progresista que de Prinosaurios y Panistas (en quienes tanta esperanza tenían) que nomás roban pero no reparten.
Así, hurtando ideas ajenas y metiéndolas a chingadazos en un cuestionable catálogo de agravios y buenas intenciones (¡ya deja de citar a Mojarro!), estos ofendidos señoritos retaron al sistema de poder, antes de que este les pasara por encima y agradeciera los votos efectivos que le regalaron el día de la elección.

Inteligente manera de validar al PRIAN sin cargo de conciencia encontraron estos revolucionarios de internet.

En la cresta de la efímera ola, Sergio Aguayo se atrevió a publicar una columna sugiriendo a sus símiles llenar la papeleta con una frase que hiriera los cimientos del sistema, por ejemplo: “Esperanza marchita”. Y todavía después de que la misma ola aterrizó de jeta contra la playa, el domingo 12 de julio, Soledad Loaeza (quien llama “anulistos” a los perpetradores del voto nulo) escribió:

Contrariamente a los críticos del voto nulo que insistían en que no decía nada quien elegía esa opción, creo que la furia que alcanzaron a provocar los anulistos tiene que ver precisamente con el mensaje que enviaban, pues era bien claro. En este tiempo de canallas y de creciente cinismo de una clase política dizque plural, la anulación del voto fue una sanción de índole moral que pintó una raya. Fue un Hasta aquí a los atropellos que han venido cometiendo los miembros de la partidocracia, uno de cuyos grandes pecados ha sido desvirtuar el principio de representación, y convertir el voto en una complicidad entre el elector y ellos mismos. Los anulistos les marcaron el alto con un sonoro No.


(¡¿What?!)
Pues ya puede ver esta brillante académica para lo que sirve su “hasta aquí a los atropellos” y puede guardar su sanción de índole moral y su sonoro NO para el siguiente capítulo electorero de la tragicomedia mexicana.


De noche todos los gatos son anulistas

Es una pena que, aunque existen algunos respetables ciudadanos que vienen ejerciendo el voto nulo desde hace varios sexenios, la idea haya sido desvirtuada y envilecida por estos incendiarios del blog. Porque mientras los primeros lo hacen con plena conciencia política, por una convicción íntima y sobre todo con coherencia ideológica, éstos últimos lo hacen hacia afuera, para alzar el cuello y -a punta de gritos, posts y artículos de fondillo- distinguirse del electorado.

El electorado: esos cómplices de la partidocracia, como sugiere doña Soledad Loaeza, quien con esta inmejorable maniobra intelectual vuelve cómplices a los votantes per se y no a aquellos que por obra u omisión dejaron entrar y enquistarse en la administración pública a los neoliberales, empezando por Salinas, siguiendo por Zedillo, Fox, Calderón y acabando por Peña Nieto (según el pronóstico del clima).

Triste destino el de aquellos que por “patria” entienden una dirección de internet, y a su vanidad de clase le llaman conciencia política.

Triste destino el del país que no sabe votar…

(¡y lo que falta!)

La insoportable levedad del voto blanco II



El recuento de los daños

Como afirma Miguel Ángel Rivera en su Clase Política del Martes 7 de julio de 2009:

Definitivamente, los berrinches no sirven para nada. Para la asignación de diputados de representación proporcional, se entenderá como votación nacional emitida la que resulte de deducir de la votación total emitida los votos de los partidos que no hayan obtenido el dos por ciento y los votos nulos (…) En consecuencia, los votos nulos hacen crecer los sufragios de los partidos, en especial de los mayores, que con el mismo número de votos recibirán más diputaciones plurinominales. ¿Vale decir que el tiro salió por la culata?


Aunque Julio Hernández López (columnista de toda mi confianza) ya había advertido -semanas antes en su Astillero del 15 de junio de 2009- del poder detrás del blog:

La rápida propagación de la idea del voto nulo ha sido posible, desde luego, mediante la apertura de compuertas mediáticas que sólo pueden operar los mismos que cierran el paso a las discusiones de fondo, trascendentes, verdaderamente transformadoras. Así ha sido posible que, en una teledictadura cada día más cínica, de pronto se viva una presunta explosión primaveral de libertad de pensamiento y de crítica política (sólo en el tema del voto nulo, desde luego).
Los jilgueros electrónicos que durante casi tres años han justificado el fraude electoral y han sido manipuladores cómplices de las trastadas felipistas ahora se vuelven fieros opositores, implacables defensores de las libertades y anuncian y promocionan la panacea anulatoria de moda. Ciudadanos que apoyaron al felipismo no aceptan el error histórico y la responsabilidad política que les corresponde, pero se refugian en el expediente global de que los políticos, todos, han fallado, y pretenden “castigarlos” por parejo.


Con respecto al trozo de tierra patria donde me hice monero, Rodríguez Araujo comenta el Jueves 9 de julio de 2009 en La Jornada:

Y a pesar de que algunos “analistas” pronosticaron que el pueblo de Iztapalapa no entendería cómo votar y que se haría bolas, Rafael Acosta/Clara Brugada se llevaron el triunfo (hay gente que cree, sobre todo entre la clase media, que pobreza es igual a deficiencia mental).
Esos mismos de la clase media, algunos ilustrados, fueron los que propusieron el voto nulo y confiaban en obtener por lo menos 10 por ciento del total de la participación electoral. No lo lograron, salvo en aquellas entidades donde sus compañeros de clase son muchos, porque donde Internet y algunos periódicos de derecha son escasos, el voto nulo fue apenas mayor que en 2003 (Guerrero, por ejemplo). Los que pronosticaron mayor abstención que en las pasadas elecciones intermedias, incluyendo a la ministra del TEPJF, amiga de la primera dama, también se equivocaron: fue menor, aunque por pocos puntos. Y fue aún más baja en aquellos estados donde el PRI sabía que podría ganar o donde más reñida estaría la votación (Campeche, Colima, Jalisco, estado de México, Morelos, Nuevo León, Querétaro, San Luis Potosí, y Yucatán), lo que parecería demostrar que es un partido que sabe de logística electoral, más que otros.


Y he aquí dos puntos que abundan sobre lo ocurrido en el país que no sabe votar. Por un lado, una clase media blogeramente disidente apuntalando a los poderes fácticos (exactamente de modo contrario a como se supone que NO iba a hacerlo). Y por otro esa misma clase satanizando, burlándose, indignándose, flagelándose (y cualquier palabra que termine en “ándose”) por el triunfo de AMLO en Iztapalapa. Lo cual documenta su vulnerabilidad ante la manipulación mediática (internet se ha vuelto una vulgar caja de resonancia ideológica de los grandes medios electrónicos e impresos) y alimenta -de paso- mi total desprecio por los despreciables e ignorantes clasemierderos mexicanos; cuya mediocridad intelectual no suscribo y cuya mediocridad espiritual me resulta (¿ya lo dije?) despreciable.



Adiós a los grandes corruptos

Los clasemierderos mexicanos han optado -evidentemente- por el camino de la chaqueta intelectual.

He leído cuanto ha estado a mi alcance; he charlado amenamente con algunos de los portadores de la revolucionaria opción del voto nulo y lo que encuentro es una retórica fácil, una altura moral conseguida por contraste con la bajeza de los políticos profesionales (y sí, al lado de Chucho Ortega cualquiera es Mahatma Gandhi), una incapacidad de reconocer errores y falencias ideológicas que ya rayan en lo patológico.

Muchos de los adherentes a este movimiento votaron en su momento por Fox y/o Calderón, es decir que forman parte del terrible desmadre por el que atraviesa -quizás de manera irremediable- el país. Y aún así tienen la desvergüenza de poner su jetita de arrogancia y vociferar su “¡si no pueden, que renuncien!” Mientras revisan sus últimos mensajes en el Facebook, donde quieren tener un millón de amigos y así mas fuerte poder ladrar.

Es claro, también, que los portavoces de este movimiento efímero van en busca de ganancias personales. Sus feligreses no parecen darse cuenta de que estos nuevos adalides de la conciencia clasemierdera son simples administradores de la derrota. Ganaron voz pública, ganaron entrevistas en radio, TV y prensa escrita y su derrota de facto (que es ganancia para el PRIAN) se vuelve, por obra y gracia de la alquimia de los necios, en victoria moral.

Be warning: ese es el nuevo dream team que ocupará los espacios políticos, administrativos y culturales que quedarán vacantes cuando los actuales neoliberales sean desplazados, y cuando esto ocurra podremos decir, satisfechos: ¡adiós a los grandes corruptos, los grandes mentirosos y los grandes inmorales! ¡Bienvenidos los pequeños corruptos, los pequeños mentirosos y los pequeños inmorales!


Lejos del paraíso

Pero finalmente este tipo de coyunturas y exabruptos no debieran distraernos si queremos entender realmente lo que ocurre por estas tierras de Dios. Los procesos de cambio real no pasan por territorio clasemierdero ni sus vaciladas de voto blanco; pero entonces ¿por dónde pasa ese obús?

Cierro esta perorata cediendo la palabra al pensamiento de quienes, sin puntualizar en insignificantes coyunturas, analizan y explican el fenómeno de la clase media mucho mejor que yo:

Urge que más y más mexicanos tomemos conciencia de la situación anormal y reaccionemos. Pero esto se logrará por vía de una catarsis, de una muerte y resurrección cultural y no de simulaciones folcloristas de las que tanto gustamos la clase media mexicana.”

“La gente de nivel económico alto no tiene nada en común con los pobres; su interpretación de la vida, sus expectativas, sus satisfacciones, sus preocupaciones, sus referencias mentales, son completamente distintas. “Los de arriba” están muy arriba y “los de abajo” bien abajo. Es la clase media la que debería ser el punto de encuentro entre los extremos, una especie de puente en lo social y en lo político entre “los de arriba” y “los de abajo”, pero tampoco ella cumple este papel, porque está totalmente ocupada en no caer “abajo”, en buscar signos que la separen de los marginados, de los que viven en la extrema pobreza.
La clase media mexicana no tiene conciencia de su ubicación política, tiene mentalidad de masa. Se diría que tiene la cabeza hueca y por eso cualquier cosa la llena. Tiene aspiraciones de mejorar, es cierto, pero sin lograrlo, porque no consigue una autodefinición y se funde con los marginales de la cultura. Tampoco tiene nada en común con el estilo y la interpretación que a la vida dan los muy adinerados, algunos de ellos además aristócratas, si no es querer vestirse como ellos, hablar como ellos, imitar sus ademanes, etcétera.

Mauro Rodríguez y Alicia Villaneda, Los 10 engaños al pueblo de México.


JQ
Agosto 2009


La inmoralidad: nuestra marca de fábrica



Estoy tan acostumbrado a estar arriba

Después de un breve periodo de bajón anímico y laboral indigno de un genio de mi especie, retomo el hilo del último post y me dispongo a reflexionar a voz de cuello acerca del origen de nuestro penoso culto a la inmoralidad; esto es, de nuestra histórica vehemencia por quebrantar los preceptos morales que dizque rigen nuestra vida social.

La atinada pregunta de El Nahual (“¿A que crees que se deba el subdesarrollo Moral?”), me enfrenta a un planteamiento que, de tan elemental, no debe pasar inadvertido: ¿cuál es la razón por la que los mexicanos nos obstinamos en la desobediencia de los códigos morales que decimos cumplir? Pasan las generaciones de compatriotas y la excepción se torna regla; nuestro gusto por la simulación se vuelve segunda naturaleza al punto de que ni siquiera somos capaces de reconocer que estamos simulando, o dicho de otra manera, estamos tan acostumbrados a estar arriba que ni cuenta nos dimos cuando nos volvimos zopilotes.

Todos somos íntegros, todos hacemos lo correcto, todos somos Marcos. Los que roban, los que mienten, los que tienen “secuestrado” al país (pinche fracesita de mierda que hace que me revuelque en mi tumba, y eso que aún no estoy muerto), los causantes de las desgracias nacionales son siempre los demás.

Pero ¿en verdad somos como presumimos y actuamos como decimos que actuamos? ¿De verdad estamos dispuestos a probar nuestra pureza cívica firmando ante notario público? Y la respuesta es un rotundo ¡a güevo!. Sostendremos ante quien quiera -como quiera y donde quiera- que nosotros estamos bien y la fregadera comienza donde comienza el vecino.

Y esa es la tragicomedia mexicana. Somos tan inmorales que perdimos toda perspectiva, todo punto de referencia acerca de la moralidad. El sentimiento de inferioridad, tan sólidamente expuesto por Samuel Ramos (tan inútilmente refutado por Roger Bartra en su inútil y blandengue apología del ajolote) es uno de los problemas fundamentales de nuestro subdesarrollo. La simulación -y luego la corrupción, de manita sudada con la inmoralidad- fluyen por las arterias de nuestro ser nacional.

Pero ¿en qué momento le apostamos nuestro capital moral a la inmoralidad? Que es una forma abreviada de decir ¿en qué momento preferimos que la violación de la norma se convirtiera en la norma misma?.


La inmoralidad como marca de fábrica

Hoy sabemos que todo México es territorio Telcel, pero antes de que esto ocurriera, cuando los Aztecas y otros pueblos mesoamericanos señoreaban por estos rumbos, refieren los cronistas que:

Fray Bernardino de Sahagún, reconoce en los indígenas virtudes cívicas relevantes: “en las cosas de la policía echan el pie delante a muchas otras naciones que tienen gran presunción de políticas”.
Fray Juan de Torquemada, misionero español, exalta lo ordenado de las costumbres e instituciones de los indios; le llama la atención que en las ciudades indias no usaban puertas, pues no eran necesarias: el robo era nulo.
Nos informa que eran muy escasos los pobres mendicantes en los pueblos indios; todos tenían señalada su ocupación. De la organización social dice: “Su modo de gobierno fue tan aventajado como en todas las demás cosas de policía y religión”.
Fray Bartolomé de las Casas apuntaba: “Parece que aunque nuestros indios no leyeron al filósofo Aristóteles, guiados empero por la razón natural, concordaban con las reglas de la buena y muy buena policía.


(En el español de aquella época, policía significaba cortesía, buena crianza y urbanidad)
Citas de Agustín Basave Fernández del Valle, Juan de Torquemada y Edmundo O’Gorman; citados -a su vez- por Mauro Rodríguez y Alicia Villaneda en Los 10 engaños al pueblo de México.

Supongo -esta es mi hipótesis- que cuando los primeros mexicanos despertaron al mundo (es decir, cuando los hijos del mestizaje cultural entre el reino de España y los pueblos mesoamericanos, se dieron a la tarea de construir una civilización distinta al reino de España y de los pueblos mesoamericanos) cuando se enfrentaron a un nuevo paradigma cultural, se encontraron con la sinergia de un aparato conquistador (soldados, misioneros y administradores coloniales) que operaba de una extraña manera; una fórmula que al paso de los años se volvería familiar.

Por un lado hablaban de un Dios único y verdadero que había dictado a sus hijos (de la chingada, digo yo) leyes inviolables como la prohibición al robo, al asesinato y la fornicación -entre otras leyes capitales-. Pero al mismo tiempo, quienes profesaban ese credo arrasaban hispánicamente con lo que encontraran a su paso. En nombre de un Dios de amor robaban, violaban y/o asesinaban que daba gusto (el llamado “encuentro de dos mundos” significó, entre muchas otras cosas, un brutal genocidio). El combo hispano se horrorizaba ante los dioses indios y sus sacrificios humanos, y su Dios de amor resultó ser infinitamente más salvaje y sanguinario que todo el panteón mesoamericano, reducido -por añadidura- a la categoría de simples ídolos.

Por otra parte, la Nueva España se atiborró de leyes civiles, edictos reales, decretos y demás parafernalia legaloide que nunca se cumplió, o se cumplió a conveniencia de quienes detentaban el poder. Las normas de convivencia, los códigos de conducta, los preceptos religiosos; todo era susceptible se ser violentado, adulterado o francamente ignorado. En el México colonial la regla fue hecha por la excepción.

Todo esto, potenciado por la Santa Inquisición, terminó por incubar en la psique de los primeros mexicanos la necesidad (luego hábito) de simular, fingir, disociar de forma íntima (y agárrenme que soy ratero, porque estoy tentado a calificar de “orgánica”) sus dichos y sus hechos.

¿fue la simulación, en principio, una acción defensiva y necesaria?

La arrogancia dogmática de los cristianos conquistadores parecía no tener límites. Uno de los misioneros más respetables, Fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, y también primer inquisidor, hizo quemar vivo en público al cacique de Texcoco en 1539 y también al cacique de Yanhuitlán, en 1545. El motivo de las dos condenas: que los hombres fueron acusados de que en forma oculta seguían cultivando alguna devoción a sus dioses ancestrales. Mantener fidelidad a su propia cultura era un crimen para los celosos misioneros.

Mauro Rodríguez y Alicia Villaneda. Op. Cit.


Para salvar el pellejo, los habitantes del país del águila y la sierpe simulaban adoptar un sistema de normas y valores aunque en su fuero interno creían fielmente en un sistema de valores distinto. O peor aún, debían esconder sus creencias más caras y fingir que creían en aquello que los hombres del poder les dictaban como verdad y norma absoluta, y que esos mismos hombres del poder sólo fingían cumplir y no cumplían (¡¿What?!). Un auténtico desmadre de lógica elemental y un ejercicio de simulación inculcado a manera de violenta impronta.

Y ya está. Con el paso de los días, los años y los siglos, esa conducta se volvió acción reflejo. Su repetición ad güevam se volvió modus operandi.


Ya lo pasado, pasado

Si mi hipótesis es correcta, el origen de nuestro mal se encuentra medio milenio en lontananza. Pero si bien la simulación fue -en principio- una acción justificable en términos de salvaguarda personal y adaptación a un medio hostil, con el paso de los años devino en asunto viral ¿porqué seguimos -500 años después- haciendo que hacemos cuando ya resulta mas bien un lastre para nuestro crecimiento como ciudadanos, como seres morales?

Me gustaría decir que es por un miedo atávico al castigo, pero creo que esa sería una salida fácil. No somos inmorales por miedo, sino por comodidad. Es más fácil dejar que nuestro sistema de organización social siga lubricado por la corrupción, la injusticia y la mentira a ensuciarnos las manos con la grasa del motor.

Resulta más fácil hacernos de la vista gorda con el fraude del 2006, hacerle a la mamada con el voto nulo y buscar un rinconcito en el sistema de poder que tomar una postura firme y comprometida en torno a lo que sea, siempre y cuando no sea nuestro miserable beneficio personal en detrimento del bien común.

La servidumbre ideológica, la idolatría colonial por el conquistador en turno, la ausencia de autocrítica, el culto a la simulación y la hipocresía, el gusto por la forma sin fondo, la fobia a la verdad; todo esto es consecuencia de nuestro subdesarrollo moral.

Estamos tan acostumbrados a estar arriba, que ni cuenta nos dimos cuando nos volvimos zopilotes.

JQ
julio 2009