Texto íntegro leído por
Víctor Del Real para la presentación del libro
Flor de Adrenalina en el marco de la
XXX (tres équis)
Feria del Libro del Palacio de Minería (nótese en la redacción mi innegable aptitud para elaborar los boletines de
Notimex).
Más allá de que las deferencias y aún la condescendencia del Vic hacia mi humilde persona me resultan excesivas y totalmente inmerecidas (o por lo menos eso estoy obligado a decir según los cánones de la falsa modestia), el texto me parece una afortunada revisión de los días previos a la gestación de
El Gallito Cómics: la revista de historieta independiente más importante de cuantas hayan existido en la patria mexicana.
Un texto para nostálgicos del fin de siglo pasado y una delicia para los ratones de hemeroteca.
PD Hay una imprecisión en este escrito de la cual el camarada Del Real es el menos responsable. Por cuestiones técnicas y estratégicas, omití comentar que el libro de marras no es un libro de historieta sino de
ilustropoesía (género gráfico-literario que inventé ante la güeva inmensa que me provoca dibujar historieta).
Este dato cobra relevancia si consideramos que el prólogo mismo del libro fue escrito en una sola tarde por el profe y que, sorprendentemente, resulta de una precisión sólo atribuible a quien conoce al dedillo a los otrora miembros de su batallón.

Cuatro razones para apapachar a José Quintero
Víctor del Real
1)
En septiembre de 1991, el dibujante Edgar Clément me invitó a conocer su pieza historietística más reciente, denominada El germen de la lujuria, en su departamento de la colonia Condesa. Asimismo, fue invitado para tal evento un grupo de dibujantes.
Ese día conocí a José Quintero.
El recuerdo de mi primer encuentro con el Pepón no me es nebuloso; desde un principio reconocí la fuerza de su carácter y la energía estética que apenas escondía.
Pero, denme licencia para comentarles lo siguiente: en aquel tiempo, Pepe era un muchacho que había trascendido el Rubicón punketo y se internaba, sin remordimiento alguno, en el espíritu dark. Como uno puede imaginarse, el resultado de este cóctel era un tanto especial: el joven José Quintero, de apenas 20 años de edad, fumaba cigarros Alitas sin filtro con estilo altanero, cubría su cuerpo con una ligera gabardina negra, de la que extraía con frecuencia una anforita de buen tequilón blanco, marca Orendáin, y sus ojos se escondían detrás de unos lentes oscuros que daban pánico soñar. Además, traía pantalones de mezclilla con estoperoles, una mochila de dimensiones colosales en la espalda y unas botas mineras de nunca me verás descalzo.
Por supuesto, tener una plática con él era correr una prolongada aventura con un sacacorchos en la mano, para extraerle, a lo más, dos o tres monosílabos.
Pero, cosa curiosa, los demás dibujantes lo saludaban con mucho respeto y veneración. Daba la sensación de que algunos estaban dispuestos a bolear sus cacles y hasta dejarse patear el trasero, nomás para obtener de él un guiño cómplice o hasta una sonrisa de conmiseración. Se notaba el trato distante del que se reconoce capo, seguro de sí mismo, de lo que dibuja y de lo que ahí dice.
Pregunté: “¿Pos quién diablos es este muchachón? Me cae que ya me está cayendo mal.” De volada el Clément terció, con una de esas intervenciones absurdas y kilométricas a que nos tiene acostumbrados, donde remarcó muchas de las virtudes de este ciudadano ilustre de la ciudad de México, que pintaba su raya en aquella bizarra exposición.
Debo advertir al estimado y culto público que no fue fácil vencer las reticencias salvajes de este nativo de las ubres de Iztapalapa. Quintero no creía en la amistad, nomás en Federico Nietzsche y en Schopenhauer. Si con cierto desdén y como dándome chance aceptó pasar por mi oficina, de la calle Orizaba 13-1, Colonia Roma, fue para decirme que estaba en veremos lo de su colaboración en la futura revista. Ah, y que además el titulito de nuestro fanzine le parecía muy pinche; que él proponía que se denominara Comala, o bien El ojo blindado.
Ni modo, la opinión de José Quintero llegó un poco tarde, cuando ya corría nuestro logotipo entre la sordidez de la burocracia de la Secretaría de Educación. Y es que en una reunión del grupo central de dibujantes, que terminó en una borrachera medio escandalosa, decidimos titular a nuestra publicación, en medio de risas pícaras y de celebración: El gallito inglés. Algunos, en el paroxismo, pedían que llevara como subtítulo: “Me agarras descuidado”.
Hoy mismo, la calidad editorial de esta revista despierta la nostalgia de algunos camaradas de otros proyectos similares, que en su momento, por envidia y espíritu chafa, nomás se la pasaron tirándonos hostias y dos que tres bolos fecales.
En efecto, ellos rememoran que El Gallito concentró mucha energía dispersa, de gente auténtica que podía decir cosas interesantes y dibujarlas magistralmente. Acaso por ello, nos acompañaron sin condiciones en esta aventura más de 21 dibujantes mexicanos, más de 40 argentinos, más de 18 españoles, 7 cubanos, 5 colombianos, 3 pochos, 2 franceses, un salvadoreño y un peruano.
Si el interesado desea comprobar estos datos “duros”, como dicen los actuales exponentes de la infame turba política, será menester hojear las planas de nuestros autores. En efecto, la perspectiva ofrecida por el Gallito, justifica que los fanáticos exploren en los rincones más ignotos de las hemerotecas, que indaguen en los puestos del Abraham o del Muni en el Tianguis del Chopo, o en las colecciones de algunos camaradas agraciados que, en buena onda, puedan proporcionar algunas copias.
Pero, además, estuvieron con nosotros muchas de las plumas que hoy son célebres en la liza literaria totonaca: rete hartos críticos, comentaristas, eruditos y expertos en cine, historieta, narrativa, rock, poesía, fotografía, y hasta algunos iniciados en temas políticos.
2)
Las primeras dos piezas que José Quintero entregó al Gallito, todavía no se deslindaban estilísticamente de sus maestros primigenios; en una, parecía dibujar como Manuel Ahumada, pero en otra, una fina adaptación de un cuento de Franz Kafka, se observaba la impronta de Robert Crumb.
Sin embargo, ya entrado en amistad y confianza, un día llegó con un par de piezas soberbias, a todo color, de la Buba. En ellas, la composición de las páginas hacía resaltar las historias y provocaba de inmediato su lectura. Ahí, en ese primer encuentro con este personaje infantil, me di cuenta que Quintero, ciertamente, se pintaba aparte, pues en él concentraba su cosmovisión con un tratamiento literario, donde combinaba la crítica de las formas con la poesía, el humor negro y la ironía.
Quintero traía un as bajo la manga: durante algunas temporadas asistió al establo de don Sixto Valencia, quien fue el genio que dibujó, por muchos años, el famoso Memín Pinguín. Bajo la influencia del extraordinario maestro del barrio de Contreras, Pepe adquirió los rudimentos del boceto, de la composición y de la dinámica narrativa. Pero además, aprendió a dominar un asunto importante, en una época en que todavía no existía el photoshop: el uso del manguillo, los pinceles y la tinta china.
Tengo colgadas en mi casa algunas piezas producidas por este estupendo artista y amigo. A menudo, cuando las veo, recuerdo las jornadas de trabajo en las que pude ser testigo de su maestría, porque Pepe a veces usaba el pincel de manera directa, sin trazo preliminar y sin ir en detrimento de la alta calidad de sus dibujos. En algunos cuadros, el resultado parecía provenir de la plancha del grabado, pero en otros, desplegaba los negros y los grises como sábana, hasta lograr unos fondos de antología, donde los atardeceres no necesitaban del color, ni las noches perdían su transparencia.
En esos escenarios, propios de los intríngulis oscuros y góticos, Quintero fue adquiriendo el dominio del oficio necesario para responder a las contradicciones generadas por su personaje. En lo sucesivo, cada número del Gallito incluyó, en la segunda y en la tercera de forros, dos historias de la imprescindible Buba. En lo personal, como editor, este era el mínimo homenaje que podía hacer a favor de un artista independiente en ciernes, que crecía muy rápido, con una reflexión propia, poniendo en el asador lo mejor de sus recursos literarios, filosóficos y culturales.
La niña Buba, por supuesto, ha cambiado un buen desde su origen. Sin perder su aspereza tradicional, se presenta más detallada, bella, y los recursos que completan cada parte de una historia, expresan una aplicación constante de la reflexión desencantada de un nihilista que no le ve mucha razón al asunto de la vida, sobre todo cuando ésta aparece envuelta en un aire denso, hostil, sin ofrecer certezas, planteamientos ni alternativas interesantes a las generaciones surgidas después de la agonía del Desarrollo Estabilizador.
Para manifestar el delirio de su insatisfacción, Pepe Quintero no se anda con rodeos; tiene los machos bien puestos, es valiente y dice las cosas sin concesiones, dispuesto a la acción por lo que siente, por lo que ama y por lo que desea transformar.
3)
En este narcopaís lleno de caníbales, es difícil pasar el examen artístico si no se va provisto de buenas razones y de trabajadas herramientas estéticas; además, hay que obviar los ladridos de quienes, a la menor provocación, sueltan sus gongorismos teóricos y sus inútiles comentarios dignos de un covachuelo.
Pero también, en este país, a menudo es imposible obtener un razonamiento justo si no va mediado por la complicidad. Según parece, México supera sus falencias sólo con la ayuda de la superficialidad, la corrupción y el vituperio.
Digo lo anterior, porque cuando la Buba comenzó a tener celebridad, de inmediato se vinieron encima los intrépidos hombres en sus máquinas destazadoras. Quedaban perplejos cuando las niñas darketas más bellas y agraciadas del ejido, llevaban en sus libretas y prendas de vestir una imagen de la Buba; cuando los muchachos se tatuaron en el pecho, o en los brazos, a la niña escéptica flotando en el Universo.
No podían aceptar que el público juvenil más sensible, comenzara a prestar oídos a los razonamientos precoces del personaje en comento, que pretendía constituir con ellos una incipiente epistemología. Los gritos de envidia se convirtieron en polución decibélica, en el momento en que el proyecto Buba Comix apareció como tema de grafittis en los barrios más populosos de la ciudad de México. Pero todavía más, cuando algunos productos de marcas supuestamente serias, se fusilaron sin piedad a esta casi adolescente, alterando algo de su fisonomía para no pagar derechos de autor.
Los intelectuales del cómic más gerundianos se abrieron paso y declararon, de inmediato, que la Buba tenía algo de Mafalda. Que Pepe Quintero estaba climatizando el método del mendocino siempre recordado. Pero Quino, en verdad, estaba muy distante, como generación y en enfrentamiento cotidiano, a la realidad vivida por el buen Pepón.
Habría que recordar que los personajes infantiles de Quino viven en un mundo de confort, donde desarrollan un lenguaje que refleja las obsesiones y los repuntes intelectuales más caros de los argentinos. Mafalda es un personaje de y para la clase media; sus historias de confusión ontológica caminan en un espacio aséptico y exponen coloquios de factura elevada, para que se reconozca en ellos el sector ilustrado de este país sudamericano.
La prolongada saga que dio fama y celebridad a este inolvidable artista que concibió a Mafalda, revela la elaboración histórica y las tradiciones que la Argentina pudo acumular en su cómic, y ofrecer, para el disfrute del mundo, a dibujantes cultos y enterados, con dotes de pensadores y de analistas de la realidad, que trabajan como si respondieran con sobriedad a una pregunta acerca de la Fenomenología del Espíritu o de la Crítica de la razón pura. Además, su trabajo es seguido abiertamente y sin complejos por los intelectuales y estetas más sobresalientes de ese país, porque ahí el historietismo es considerado como una parte esencial de las bellas artes.
En todo caso, hay que revisar la obra de Maitena y Fontanarrosa, para entender la percepción argentina del gag representada por Quino, atravesada por los conflictos de la modernidad, la ironía, la violencia, el mito, el consumo y la moda.
Qué va. El personaje de la Buba procede del mundo inmediato y familiar de su autor. Digamos, sus historias están enraizadas en el centro de la tierra, de donde se alimenta y bebe, donde vaga, abunda y reconoce; su pesimismo orgánico, expresado con la música poética de logrados romances, muestra la irritación permanente de su autor y apenas logra contenerse en sus historias, donde la niña convive con los monstruos de la noche, con los obsesos irrecuperables del día, con los vampiros multinacionales y con la hediondez neofascista de los medios de comunicación.
Atención, la Buba de José Quintero no llegó nomás porque sí. Después de quince años, demuestra que el poder comunicativo de su autor ha podido penetrar las venas abiertas de una juventud afín a esta sensibilidad. Su visión es profunda, su opinión es concreta, su sentimiento es marginal. Para mi gusto, la Buba no es un antihéroe. Más bien, es el héroe emblemático del underground de esta ciudad.
4 y último)
La obra de José Quintero continuó después de la extinción del famoso Gallito. Esta revista, con sus diez años y sesenta números, tuvo que ceder a la presión de la adversidad económica. Pero sus artistas no. En la actualidad, casi todos siguen dibujando y cada día son más buenos.
Pero entre ellos destaca José Quintero, por su capacidad de dar profundidad a su dibujo y por lograr, en cada pieza, un planteamiento sobresaliente de la realidad. Si hace pocos años dio a conocer al público una recopilación en libro de sus primeras piezas, a la que denominó Buba. Volumen I, y aún con el pendiente de encontrar editor para la publicación de la Buba. Volumen II, hoy constatamos su afiliación incondicional a la historieta, con su nueva obra Flor de adrenalina.
Supongo que este último opus debe encontrar lectores muy atentos, que correspondan al alto nivel del trabajo concentrado en realizarlo. Digo esto porque en la experiencia del Gallito, tuvimos que caminar frente a la incomprensión de un medio cultural alicaído y demasiado ignorante, que no fue capaz de considerar a la historieta como un género tan válido como los más tradicionales.
Quienes fuimos miembros de este proyecto, consideramos que las cosas no han variado considerablemente; es más, algunos dibujantes opinan que el espacio del arte se cerró bajo la penetración neoliberal, y que hoy las tenazas excluyentes de las instancias culturales de México persisten en ignorar al dibujo secuenciado y lo instala en las galeras de la actividad marginal.
Para nuestra alegría, Flor de adrenalina vuelve a poner sobre la mesa una discusión que no se ha desarrollado con los parámetros y categorías estéticas suficientes, que nos demuestren que, en efecto, lo logrado por José Quintero, Edgar Clément, Ricardo Peláez, Pepeto, Ricardo Camacho, el Frik, el Pato Betteo, Richard Sandoval, Osvaldo y Ponce, por mencionar sólo unos cuantos dibujantes, no tiene validez artística.
Acaso esto es mucho pedir en un país que se desangra, víctima de sus funcionarios y su clase política. Pero la realidad es más rica que los juicios de un sector social privilegiado, carente de ideas innovadores y sin métodos de apertura social.
Por ello, el acto que hoy nos reúne adquiere gran significación, porque el libro de Quintero nos demuestra que abajo, muy por debajo de las apariencias que dan sustancia a la irracionalidad, a la injusticia y la mentira, existen sectores de la población que aman a su país y, por ello, ofrecen con sinceridad lo mejor de sí y sus realizaciones artísticas más caras.
Muchas gracias a José Quintero por esta novedad editorial que, seguramente, disfrutaremos a partir de hoy. Muchas gracias a los dibujantes del Gallito, por seguir dibujando en las meras barbas del tsunami financiero internacional y ellos como si nada.
Gracias a todos por haber venido.